miércoles, 3 de noviembre de 2010

Receta infalible para ser un "pelotudo deluxe"


En estos tiempos en que hasta un helado de dulce de leche y chocolate tiene que venir tuneado, y que darle ese valor agregado ridículo que el marketing indica, consiste en señalarlo en la lista de la heladería como “sweet of milk in the sky” o “chocolate gold across the universe”, todos tenemos que tener una fórmula para pertenecer al círculo íntimo de la boludez Premium. Por eso, quiero proporcionarte, querido amigo, apreciada amiga, algunos tips para convertirte en ese pelotudo incomparable, que merece una medalla de oro en el Salón de la Pelotudez 2010.

• Indispensable conseguir un celular último modelo, blackberry que te adivine hasta el estado de ánimo o I Pod que hasta recite las declinaciones en latín. No podés quedarte afuera del selecto grupo de pelotudos que se sienten exclusivos haciendo sonar esos pequeños monumentos a la dependencia comunicacional en cuanto lugar incómodo pueda existir: micros llenos, ascensores herméticamente sellados al vacío, la cola del rapipago entre el 5 y el 10 de cada mes, o la sala de espera del odontólogo.
• Twittear a cada rato y sin parar todo, absolutamente todo lo que te encuentres haciendo o pienses hacer en los próximos diez minutos, hora y media o diez años. “Salando la carne”, “abriendo la canilla del baño”, “cambiando la pastilla desodorante al inodoro” “comprando berenjenas en la verdulería” “depilándome las cejas” o “hirviendo el mondongo”, son cosas que toda la sociedad tiene que saber de vos. Por favor, no nos prives de eso.
• Pasarse una semana entera comiendo hojas de lechuga condimentadas con sal de mar, para el domingo agarrarse un atracón memorable con cuatro kilos de asado, dos baldes de helado y ciento cuatro libras de papas fritas.
• Si sos mujer, tener dos, tres o cuatro trabajos “porque soy una mujer independiente” y después llegar a la casita y atender a marido, hijos, mascotas y plantas abnegadamente. Un acto de pelotudez desmedido, si los hay.
• Succionar insistentemente las medias, zoquetes y medibachas de los jefes o jefas, superiores o gente de gran importancia dentro del medio en el que uno se desempeña. Algunos lo consideran un acto de inteligencia necesario. Yo creo que es uno de los grandes actos para exacerbar la pelotudez que existen sobre la tierra.
• Pasarte un día entero enviando mensajes de texto a alguien que no quiere y no va a responder a nuestro pedido desesperado. Ante el reclamo de acoso, asegurar que el celular se volvió loco y envió tres veces el mismo mensaje. ¿Quién no ha cometido este acto de inferioridad intelectual alguna vez?
• Jurar y perjurar “a esta cama no he de volver” y encontrarse de nuevo enredado en las sábanas más inconvenientes del mundo.
• Envidiar los logros de los demás pero intentar disimularlo con una media sonrisa electrificada en la cara
• Pasarse el día criticando los errores ajenos mientras puertas adentro de tu vivienda no sos capaz ni de darle vida a un tamagotchi
• Juntarte con gente que hace años que no ves y no parar de mentir acerca de tu exitosa vida. Eso es tan decadente que deberías estar preso por falso testimonio.

Estos son algunos de los motivadores argumentos que pueden llevartete a ganar el título del Pelotudo Argentino por antonomasia, que el periodista Jorge Lanata inentó describir a través de su manual. Y sino, apenas una mención, apenas una nominación para el empleado del mes del emporio de la boludez humana, ese que con tanta garra nos han intentado enseñar por años. Si es así, apenas te ganás un espejo retrovisor, para que viajes constante sintiendote acosado por la inteligencia, que aunque te persiga, siempre sabrás como ponerte al resguardo.

viernes, 22 de octubre de 2010

El camión de la alegría (dedicado a las desquiciadas que hacen cola frente al camión de days)


Peatonal Sarmiento y San Martín, pleno corazón del microcentro mendocino. Un camión de toallas y protectores diarios femeninos, que exhibe orgullosamente su slogan "Days, 28 días con vos" reparte generoso, cuál político en campaña, buena parte de sus productos en forma gratuita.
Sin embargo, para obtener el preciado botín, cientos de féminas extrañamente abducidas por una fuerza sobrenatural, proveniente de ese desproporcionado rodado digno de una Barbie con el periodo, se someten a una espera de varios minutos, sino una hora, para que les entreguen 2, Dos!!!! II, d-o-s, paquetes de toallas femeninas, tal y como si viviéramos en Cuba y Estados Unidos hubiera decidido bloquear la entrega de ese elemento higiénico.
Desde que trabajo en periodismo, mi capacidad de asombro no tiene un límite definido. He visto cosas inverosímiles y reales, como por ejemplo un árbol de navidad gigante, hecho con botellas de coca cola que un orate elaboró cuidadosamente en su patio, esperando que la empresa Coca Cola and Co lo premiara, y que no recibió ni una botella de gaseosa gratis y otro tipo de desquicios, de todo grupo y color. Pero sinceramente, que un conjunto de señoras, jóvenes y adolescentes (porque puedo asegurar que las había de variada edad) pierdan preciosos e irrecuperables instantes de su vida, en ser bendecidas por el camión de days, me supera. Debería ser motivo para perder la paz social y emprender una guerra civil contra esta gente.
Como piso quince minutos y como techo una hora. Eso es lo que pierden las sopencas que creen que ganan algo.
En ese tiempo te depilás, te hacés una tarta de verdura, te cortás el pelo, caminás descalza en el jardín de tu casa, regás las plantas, te vas a comprar un helado y te lo comés sola, ves una serie, te limás las uñas y te sobra tiempo para armar dos autodefinidos, si es que tenés ese tiempo para perderlo definitivamente. Peor sería pensar que estás resignando algo más importante por la cola de days.
Asumilo: si perdés quince minutos de tu tiempo por dos packs de toallas y si además, ocupaste cinco o diez minutos más revolviendo los cajones del baño, buscando paquetes de days vacíos para canjearlos por nuevos, necesitás contención psicológica urgente. A lo mejor, en lugar de acudir a tu obra social, te parece una buena opción seguir al tren sanitario para ver si te asiste un psiquiatra. Eso si: llevale dos blister usados de rivotril, a lo mejor la consulta te sale gratis.

viernes, 15 de octubre de 2010

Infarto vocal


Las personas que trabajamos con las palabras lo sabemos muy bien. Las palabras son peligrosas. Capaces de crear imperios, de acariciar como la mano de una madre. Pero también son cuchillos, armas. Hay personas que tienen en la lengua o en las manos, un bisturí afiladísimo. Otros que se suicidan colocando prolijamente, unas junto a otras, vocales y consonantes. Y a veces, cuando estamos muy atragantados, debemos vomitar palabras para que no nos ahorquen. Ahogarse con palabras, es peligrosísimo. Porque no hay maniobras de resucitación para esto. El ahogado no demuestra estar muriendo, se lo ve normal. El ahogo no produce síntomas. el color de la piel es el correcto. Los labios no se vuelven morados, ni los ojos se desorbitan. Las manos no tiemblan. Sólo un brillo letal en la mirada puede advertir que la persona está muriendo, y que en la garganta tiene un incendio. Hasta que el momento llega. El tubo digestivo se abre como una fosa, y de ahí brotan improperios, mezclados con sangre y agua. Generalmente, después del ataque, la persona muere. Pero quienes están a su alrededor no salen indemnes.
Los que presencian el infarto vocal, corren a ocultarse, porque las lenguas de fuego y pus que brotan del que lo padece, salpican y contagian. De repente, nadie sabe cómo sucedió, cómo ese hombre lobo del idioma estaba oculto debajo de un empleado de comercio, de un gris bancario o de una suave ama de casa, que nunca levantó la voz, a no ser para quejarse del elevado precio de las alcachofas.
Es ahí, ante el cadáver del infartado, que se activa una cadena de culpas. Si vos lo viste ayer, estuvo en tu casa, se tomaron un café a la mañana, vos te sentabas en la caja de al lado, no te diste cuenta, cómo se te pasó esto, el día menos pensado vino a pasar, no me imaginé, qué vamos a hacer ahora, quien se lo dice a los hijos, levanten ese muerto de ahí que está largando olor, tápenlo con un diario al menos, que no se vea, ya tiene la garganta agusanada, démosle cristiana sepultura, y la madre, qué va a decir la madre, pero cómo nos pudo pasar esto, somos gente honrada, vamos a pagar este entierro, mejor lo cremamos y esparcimos las cenizas en un lugar verde, para que descanse en paz.
El problema, es que, como sucede con las personas expuestas largamente a la radioactividad, los seres que perecen víctima de un infarto vocal, siguen contaminando una vez que han muerto y sus cuerpos han sido enterrados, bajo siete capas de olvido y aún dentro de una sepultura de concreto sellada al vacío. Es un raro mal, pero los muertos que fallecen de infarto vocal siguen hablando.
Hablan, debajo de la tierra. Hablan. Recitan profesías. Dicen, no pueden parar de decir. Dan el pronóstico del tiempo y siempre aciertan. Confiesan los números del kini, y los que apuestan a ellos, ganan fortunas. Te enrostran que la ropa te queda mal, te recuerdan que olvidaste saludar a tu hijo para su cumpleaños. Te amenazan con desparramar tus propias miserias.
Y nadie sabe como parar esas voces. Es más: he visto pueblos enteros inundarse porque sus alcaldes mandan a cerrar las canaletas, tapar los pozos, sellar las bocas de tormenta, blanquear las tumbas y asegurar cada uno de los huecos de la ciudad donde el infartado vocal se ahogó en su propio vómito de palabras. Pero no da resultado. Las palabras parecen llover del cielo y viajar en el viento. Siguen dando recetas, divulgando verdades y describiendo cada una de las causas que lo llevaron a la muerte.
Nadie puede hacer justicia por ellos. No hay forma de callarlos. Porque, huelga decirlo, están muertos. No pueden escuchar. No hay forma de tomar contacto con ellos. Sus palabras son como una ráfaga. Una estela. Las luces de un barco que se ven aún cuando el barco ya se encuentre demasiado lejos. El brillo de las estrellas secas hace miles de años.
El muerto ya no está. Pero sus palabras letales quedan. siguen encendidas. son brasas eternas que nadie puede apagar sino a riesgo de quedar convertido en carbón.
Sólo quienes vieron ese brillo de advertencia en sus ojos podrán, más tarde, descansar en paz.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Reflexión de vida acerca de la semana del huevo


Para los que no lo sabían, estamos transitando la imponderable semana del huevo. Sinceramente no tengo datos certeros sobre quién inventó, impuso o instaló esta genialidad, pero la verdad es que ya se encuentra formando parte de nuestro calendario primaveral. Entonces, y teniendo en cuenta que la realidad nos superó y que octubre se convirtió en el mes con más huevos de todo el largo año, me valdré de esta oportunidad para enviarle mis salutaciones cordiales a los que, a lo largo de mi vida, me rompieron soberanamente los huevos, pero con mayor intensidad, quiero recordar a los que me resultaron tan insoportables como un profundo, agudo e inaguantable dolor de huevos (o de ovarios para ser más exacta).
A todos ustedes, los que en algún momento afectaron como una fiebre tropical a mi existencia, impidiéndome respirar con regularidad, quiero expresarles que, aunque me ha costado tanto como escalar el Aconcagua en un monociclo, he adquirido una sabiduría muy especial, un pensamiento filosófico cuasi oriental que podría resumir en una frase: hoy, queridos parásitos existenciales infecciosos, si volviéramos a empezar y nuestros caminos se cruzaran fortuitamente como ocurrió alguna vez, hoy seguramente me chuparían un huevo.
Los recuerdo gratamente y les mando mis bendiciones.

jueves, 16 de septiembre de 2010

El blog más pelotudo del mundo


Cae esto frente a mis ojos, de la mano de mi amiga Vero Césari, y realmente, me siento superada en toda mi credibilidad. Quien escribió esta pelotudez se merece ser quemado en una hoguera, rodeado de féminas enardecidas, pinchándole alfileres en los ojos.
http://www.days28diasconvos.com/menstruacion/look/un-aire-romantico.aspx

Es una nueva forma de hacer publicidad de una marca de toallas higiénicas que postula que los días en los que estás menstruando, que para el 99.68% de la población mujeril del planeta son los peores del mes, para el reventado que escribe este ridículo posteo son los más deliciosos e irrepetibles de la vida, el síndrome premestrual es equivalente al enamoramiento y la hinchazón no es más que alegría acumulada.
A continuación, haré catársis con las peores frases estampadas en este manifiesto a la ignorancia femenina.

“Mientras estás menstruando, posiblemente irradies cierto aire soñador, aún sin notarlo”

Qué clase de sádico escribió esto? Me atrevo a pensar que debe de ser un hombre, porque al que se le ocurrió semejante afirmación, en su vida menstruó.
¿posiblemente irradies cierto aire soñador?
Oime, maldito cuadrúpedo, ¿no tenés idea que las mujeres cuando estamos menstruando lo que irradiamos es un enfurecimiento hacia la humanidad, un aire de maldición a todos los seres de la faz de la tierra? ¿soñador? Con lo único que soñamos es con clavarte un tenedor en el cerebro.

“Atravesar este momento del mes es tener la excusa perfecta para acompañar tus días con tonos pastel, telas livianas y sueltas, y detalles sutiles”

No, si definitivamente, este pelotudo se resbaló en la ducha y se desnucó antes de ponerse a crear la publicidad más irracional del mundo.
Escuchame, premio Clío a la imbecilidad publicitaria, ¿te imaginás que si alguien está menstruando se va a poner un pantalón color salmón? Una faldita amarilla patito? Un baby dall de tul para salir a la calle? Idiota! Recapacitá y matate!
¿Detalles sutiles? El único detalle sutil que me pondría en este momento es una treinta y tres en el cinturón para salir a buscarte.

“colores pastel como el celeste cielo, el rosa viejo, el naranja aduraznado, suelen ser súper favorecedores para todo tipo de cuerpo y todo tono de piel, porque suavizan los rasgos del rostro tanto como dan un realce suave al resto del cuerpo. De acuerdo con especialistas en moda y tendencias, esta paleta, que también puede incluir el blanco puro, da a las prendas un plus de dulzura y sencillez, que en ocasiones puede reforzarse un poco más con estampados de flores pequeñas o detalles en otras telas”

Me gustaría incrustarte una minipimer en el lóbulo frontal, grandísimo hijo de puta especialista en moda y tendencia que crees que por estar menstruando una tiene que salir a la calle vestida con una funda de colchón con flores.

“El look romántico está más que asegurado si, además, procurás que esos colores vengan en tejidos sueltos, delicados y livianos, como la gasa, la seda, o los algodones orgánicos, que tan bien sienta a la piel y tan grato vuelve el contacto. Para lograr un aspecto ciento por ciento romántico, recurrí a un maquillaje natural, con un poco de gloss en los labios”

¿qué look romántico puede tener una mina que además de ir a trabajar, al supermercado, cuidar niños, ordenar su vida, estudiar, hacer cuentas para que el sueldo le alcance hasta fin de mes, llevar la casa al hombro, además de todo eso, se le parte la cabeza, está hinchada como un sapo, le explotan los ovarios y tiene unas ojeras como dos bolsas de consorcio?
Escuchame, Osho de cabotaje, Stamateas de poca monta, sopenco ridículo que no tenés otra cosa más interesante que hacer que relacionar la menstruación con el “color naranja aduraznado” y con “los tejidos sueltos y orgánicos”, todas las mujeres que nos sentimos insultadas en nuestra inteligencia y más aún, las que están menstruando, vamos a salir a buscarte. Te vamos a encontrar, y te vamos a ajusticiar, te lo advertimos para que corras a esconderte de nosotras. Somos muchas y queremos venganza.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Adictas a las relaciones de outlet


Quien se acercó alguna vez a oler leche rancia, se clavó agujitas debajo de la piel para “ver qué se siente”, o lloró reiteradas veces con la muerte de la mamá de Bambi, puede entender por qué algunas mujeres tienen esa extraña adicción a buscarse relaciones de segunda selección, sólo por el simple placer del masoquismo.
No voy a sacar los pies del plato, porque yo también lo he hecho, también he mirado doscientas veces el celular en busca de un mensaje de texto que no llega, y me he entusiasmado con tipos que me valoraban tanto menos que a su bicicleta. No voy a negar que me he tomado taxis en la mitad de la noche, jurando nunca más volver a ciertas camas y he regresado, contenta de romper esa promesa, a los tres días. También me he sostenido, como un náufrago a una boya, de frases pelotudas como “siento algo por vos, pero no me animo a decirte qué”, o “la verdad, es que no me licuás la cabeza, pero tampoco me sos indiferente”, una colección de paparruchadas sin sentido, pero que en el momento de querer “ser algo de” te sirven.
Para mi la respuesta es que somos una generación que creció con las telenovelas de Andrea del Boca, en las que si no sufrías, no te habías enamorado. Tenías que llorar, y revolcarte en el lodo de la desilusión, el desamor y el abandono para conocer bien de cerca lo que es un verdadero sentimiento apasionado. Eso de ser felices y punto, no contaba.
Por eso, la cosa está en sentirse una porquería por un buen rato, que te maltraten, te esquiven, te usen como a una pantufla y luego, te olviden debajo de la cama, ¡eso está buenísimo! Eso, eso tiene onda.
Que el mismo que antes te asedió a mensajes de texto, correos electrónicos, regalos, invitaciones, llamadas y otros subterfugios de la comunicación ahora desconozca tu número, no te llame ni para saber si te mató el monóxido de carbono de una estufa que quemaba mal, no es tan grave. Siempre aceptamos esas justificaciones fuera de lugar, que sabemos que son tan creíbles como una pelea entre vedettes.
Si en cambio asumiéramos la relación de segunda selección como cuando compramos una prenda fallada, sabiendo que es eso, un pantalón mal cortado, un vestido sin breteles, un par de zapatillas de distinto número o un saco sin botones, todo estaría bien, qué más da. Pero no, no, no. Las mujeres a veces adquirimos esos paquetes como si nos estuviéramos llevando un vestido de Dolce & Gabbana, por unas moneditas nada más, que equivalen a nuestro sufrimiento diario.
Y para peor, lo coronamos con esa frase que nos encanta decir, porque parece que nacimos con tendencia a enarbolar causas perdidas: “ya va a cambiar”. A ver, querida mía, amiguita que ya rozás los 40, y que seguís creyendo en que si frotás la lámpara de Aladino, un geniecillo te salvará del artefacto descompuesto que compraste, te lo voy a decir con todas las letras, en castellano, imprenta y mayúscula: NO VA A CAMBIAR. El que siente algo por vos, te lo dice, el que te quiere, no te hace sufrir. Si querés seguir navegando en el mar de mentiras piadosas en el que decidiste sumergirte, será mejor que te compres unos cuantos ovillos de lana, y comiences a tejer de día y a destejer de noche, como Penélope, esperando el milagro. Y sino, estaría bueno que aceptes que ese personaje que aparece de vez en cuando, no te llama nunca, y te elige para hacer más llevaderos sus domingos a la tarde, no estará dispuesto a acercarte hasta la puerta de tu casa, abrirte la puerta del auto y ofrecerte un pañuelo cuando quieras llorar en su hombro. El que te quiere, no te hace esperar, te lo va a reconocer y punto. Dejemos de engañarnos, en un outlet no hay modelos de colección, a no ser que busques un par de especimenes para llenar tu nutrido insectario. En ese caso, te podés ir gestionando una buena caja de alfileres, y comenzar a pinchárselos en la espalda.

lunes, 16 de agosto de 2010

No devuelvas esa llamada


Además de otras certezas que he ido adquiriendo en la vida (como por ejemplo, que la gente que habla fuerte en los lugares públicos necesita un sopapo, siempre y cuando no sea sorda, o que ningún taxista dice la verdad cuando asegura que no tiene cambio para darte las monedas de tu vuelto) una de mis máximas inquebrantables, es la de no atender el teléfono fuera del horario de trabajo si en el identificador de llamadas aparece un número desconocido. Y de hecho no lo hago.
¿Por qué será que una a veces rompe ciertas reglas, si sabe que va a parar de cabeza en una equivocación irreparable?. No importa. Sea lo que sea que suceda, se merece pagar las consecuencias, por inconsciente. No hay motivo para devolver una llamada perdida si en el identificador de llamados aparece un número nunca visto después de las 23, a no ser que se sienta un fuerte olor a quemado, haya un motín en la cárcel con fuga masiva de presos o el dique Potrerillos acabe de desbordar. Pero mi paranoia familiar -habrá pasado algo, a esta hora, dos llamadas perdidas...- Me empuja a concretar la estupidez, y mientras intento secarme el pelo con el celular en la mano, acciono re-llamar.
(Yo)-"Hola, tengo dos llamadas perdidas de este número, quién es?". Del otro lado, me habla una voz de mujer desorbitada.
(La loca)-"Ah, no sé, usted me está llamando",
Responde, inteligente.
(yo)-"Mire, llamo porque tengo dos llamadas perdidas, y como son las once de la noche, me preocupé". Insisto, intentando una explicación lógica que nunca encontraré.
(la loca)-"Y no sé quien es"
Me dice, perdida.
A esta altura, me quedo callada, esperando una reacción atinada, un motivo suficientemente valedero para que no se despierte en mi ese espíritu asesino que me acompaña desde niña. Ya comienzo a pensar en un secuestro virtual, por lo menos.
(la loca) "Ahhhhhhh" (reacciona) ¿Vos sos Paola Alé? -tengo ganas de insultarla, pero me insulto a mi misma por haber devuelto la llamada-
(yo)"Si"
contesto, monsilábica.
(la loca)- "soy docente, la gente de prensa me dio tu número para que te contara sobre una actividad de protesta por aumento salarial que vamos a hacer el sábado en la mañana"
me quedo callada. Es miércoles, 23.30. Faltan exactamente 78 horas para el sábado en la mañana. La maestra loca debería haberme anunciado que pensaba inmolarse comiéndose dos cajas de tizas frente al ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, o que pensaba secuestrar en masa a sus alumnos de tercer grado, o que la actividad consistía en jugar a la ruleta rusa por plata porque el sueldo no le alcanzaba. Pero no, no. Nada de eso sucedió. Sin embargo, y por esa extraña manía de persistir en el desastre que tengo a veces, me quedo escuchando. Aún mojada y con el secador de pelo en la mano. Quiero ver hasta donde puede una maestra de carne y hueso parecerse a la Noelia de Gasalla.
(la loca) "La protesta consistirá en tres puntos básicos, el primero..." -ya se largaba a darme la nota, miércoles, 23.45.
Mi color de piel: virando entre el azul (congelamiento) y el rojo intenso (ira)
(yo). "No, no, mirá, no te puedo atender a esta hora, no estoy trabajando”
Explico yo, innecesariamente. Sin embargo, hay gente que supone que el periodismo es una actividad similar a la de ser bombero, policía, paramédico o agente de Defensa Civil. Envían mensajes de texto a las 3 de la mañana, deciden qué tenés que escribir y qué no, vaticinan un título o te piden que les envíes la nota antes de publicarla, para que no escribas gansadas. En fin, hay de todo entre los entrevistados. En este caso, la auto-entrevistada docente mal dormida, quería pasarme data de una protesta como si se tratara de un atentado talibán que perpetraría el propio Bin Laden en una salita de dos.
(la loca) "Ah -insiste- es que como vos le diste tu teléfono a (piiiiiiiip) pensamos que te podíamos llamar"
Dice, ¿algo ofendida, acaso?
(yo) "Claro, pero en horario de trabajo"
Contesto intentando controlar lo incontrolable. El tono de voz se me va aflautando. Un poco porque me estoy cagando de frío, y otro poco por la furia en puerta.
La maestra, a esta altura un clon de Noelia, osa en insistir, sin ningún pudor.
(la loca) –Bueno, estoy llamando a todos los medios (lo dice para que no me sienta “la elegida”) y los demás no han tenido problema en contestarme.
Por el grado de desubicación de la loca, supe que si le expresaba todas las frases idiomáticas que equivalen a insulto que se me venían en ese momento a la cabeza, no me la sacaba nunca más de encima. Entonces, tal y como uno desactiva una bomba, o descuelga un panal de abejas de un árbol, quiero decir, con el mismo cuidado, intento disuadirla.
(yo)-Sí, qué gentil de tu parte pasarme los datos, pero justo ahora no tengo con qué escribir. ¿Serías tan amable en atenderme mañana? Te llamo apenas llegue al diario”. Dije, con toda la certeza de que jamás lo haría.
(la loca) –Sí, no hay problema, gracias.
Se conformó. Supe que había domesticado a la bestia.
El episodio desgraciado, me recordó porque no debo traicionarme a mi misma. Por algo una llega a los 35 con algunos conceptos claros. No aceptar citas a ciegas, no irte de vacaciones con desconocidos "para ahorrar", no hacerte cargo de los hijos de otro, no ser amante de tu jefe, no casarte por nada del mundo y por ningún motivo, atender ese maldito e invasivo celular si no registrás el número. Puede que del otro lado te llame Obama para ofrecerte trabajar con él como agente de prensa, o puede ser que te espere la maestra loca, que quiere contarte sus nuevas aventuras salariales, mientras morís de hiportermia, electrocutada o colgada del cable del secador de pelo, en la patética soledad de tu propio baño.