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domingo, 3 de abril de 2011

La Mancha


Te vas a quedar con tu lugar. Por eso dejaste hasta la última gota de tu transpirada obcecación. Te lo ganaste, te lo vas a quedar. Quieto ahí. Mientras todo se derrumba a tu alrededor.
Allí, mientras la inundación se va llevando tu sueño. con el agua hasta el cuello. Te vas a quedar, aferrándote con uñas y dientes al espejismo que tejiste. A la entelequia que forjaste.
Brindemos.
Sin embargo, no intentes quitarte la mancha de sangre. esa que se extiende por tu ropa, que ya hasta cubre tus papeles, los pisos, los cuadros, las ventanas, lo que te rodea. la mancha de sangre, como la marca en el orillo, no se te quitará jamás.
La sangre que derraman los sueños muertos, es más indeleble que el mejor de los tatuajes.
Ni las tintorerías
Ni los secretos milenarios de los chinos
Ni el desafío de la blancura del más blanco jabón de baja espuma
Ni una operación
Ni el producto de limpieza de última generación
Ni un pai umbanda
Ni todos los conjuros de los druidas
Nada te quitará la mancha.
Te la llevarás con vos, hasta que desaparezcas de esta tierra.
Es nuestro regalo. El que fabricamos para vos, debajo de la lluvia, con cincuenta grados de calor al rayo del sol. con el corazón contraído de desilusión. volviendo a casa desbordados de tristeza. con cada compañero al que abrazamos antes de partir. Con cada una de las cínicas palabras que salieron de tu boca.
Ese es el ADN de lo que perdimos
Es nuestra ofrenda y será, para siempre, la más incondicional de tus pesadillas.

miércoles, 24 de junio de 2009

Reflexiones acerca de Dr House y Pepe le Pew


Hace unos días leí por ahí que habían elegido a Hugh Laurie el hombre más sexy del mundo /www.minutouno.com/1/hoy/article/110483-Dr.-House,-el más-sexy-de las-series/
Esto me despertó una reflexión… hay algo de cierto, chicas, en que a las mujeres lo que nos atrae verdaderamente es que no nos den bola. Es cierto, porque convengamos, el hombre es lindo, pero tampoco da para considerarlo el más sexy del planeta tierra y sus alrededores. Sin embargo, hay algo, esa mezcla de amargo y desamparado, que hace que a una la atraiga como mosca a la miel. Esa cosa de “te quiero, pero como soy imbancable te rechazo” es lo que nos gusta, si, si, confesalo, querida!!!!!! Te gusta esa onda de te-empujo-fuera-de-mi-casa… Te gusta….! Te gusta para poder volver, para ingeniártelas buscando una excusa, un pretexto, un camino alternativo, y así te rechace 115 veces, lo volverías a intentar 116 veces más.
Y eso es porque, todas, desde la más tierna infancia, hemos tenido la fantasía de que lo vamos a cambiar. Todas soñamos con que nos toca Mr Hyde y lo transformamos, por obra y gracia de nuestro embrujo femenino, en un inteligente Dr Jackyll casero, que pasa de emborracharse con alcohol de quemar, fumarse hasta los malvones del patio y pasarse el fin de semana tirado en su cama con las persianas bajas, a hacer el asado, regar el jardín y llevarte al Easy a comprar plantitas nuevas…. Es el cuento de nunca acabar, todas lo escribimos con la mente alguna vez.
Lo que nos atrae de House es esa mirada displicente, esa desgraciada frialdad que nos pone especialmente insisti-idiotas, esa sistemática forma de rechazo lo que nos despierta un sentimiento de repetición hacia el infinito. Ahí está, él rechazando la apuesta y ella duplicándola, convirtiéndose en una especie de Pepe Le Pew de carne y hueso. Espero que te recuerdes del personaje ese, era el dibujo animado de los 80’ en el que un zorrinito saltarín iba en busca de una zorrinita, que en verdad era un gato y que no hacía otra cosa que rechazarlo, escapándose a las corridas, mientras Pepe iba saltando en dos patitas tras de él. Su frase característica, en tono afrancesado era “mi zoguinita”. Tal cual…mientras más despreciativo se muestra House, con esos ojos azules que te hablan desde su más profunda inefabilidad, más te quedarías en tu casa todo el fin de semana viendo la 5 temporada por tercera vez. Basta de mentir diciendo que la serie está buenísima, y toda esa patraña, porque todas sabemos que esas enfermedades son imposibles de digerir y que si te toca un médico así, de lo único que tendrías ganas es de tirarte de la terraza del hospital en cuanto te pudieras mover como una medusa unicelular. Lo que te hace no separarte de Universal Channel a las 20 de lunes a viernes, es que House representa a esa clase de hombres de los que una mujer difícilmente no pueda quedar prendada…todas hemos sido alguna vez adictas al fracaso, querida. Vos, yo, tu hermana y Chichita de Erquiaga, todas.

miércoles, 28 de enero de 2009

El cibergalán

A vos te digo, amigo que ya pasaste los treinta y pico, y vas camino a los cuarenta y algo… a vos, que tenés una mujer medianamente joven, que se hace cargo de ponerles las vacunas a los chicos, riega el jardín y te compra el queso azul para untar religiosamente en el supermercado, y que además cumple un horario de trabajo y no se ha convertido nunca en una señora obesa que mira telenovelas a las tres de la tarde… a vos que descubriste las mieles de la play station de grande, y jugás, y jugás, y jugás hasta quedar pálido y descompuesto todo el fin de semana, a vos, al que no le falta nunca una remera de Homero Simpson tomando cerveza recién planchada… a vos querido, a vos al que todos conocemos ya, de cerca, y vemos venir a diez cuadras con sus intenciones – siempre repetidas – a cuestas…. Te lo pido como un favor, como un acto de justicia divina, como un golpe de pudor ajeno… Dejá de una vez por todas de intentar levantarte chicas de veinte por internet… Todos los que te rodeamos nos hemos encontrado alguna vez con tus ventanitas indiscretas abiertas y no te bancamos más…
Hacelo de onda. De onda hacia nosotros. Antes de volver a la perorata remanida del cibergalán… pensalo dos veces, cerrá la ventanita y andá a buscar a los nenes al jardín de infantes. Y la vida, mágicamente, se va a equilibrar.

martes, 2 de diciembre de 2008

Parásitos existenciales


El mundo está lleno de parásitos existenciales. Los hay de todos los colores, vienen en todos los formatos, se cuentan por miles. El mundo es como una gran bolsa de papel de la que estos seres estúpidos rebasan tal y como los pochoclos se desbordan de los recipientes que se compran en la puerta del cine.
Son los que te complican las tareas más simples,
los que no hacen ni dejan hacer,
los que están para cuestionar lo que otro construyó,
los que siembran sospechas,
crean cadenas de chismes,
mandan spam,
rompen los climas laborales,
te llaman a cualquier hora al celular,
te roban las ideas,
envidian los progresos de otros,
jamás aportan nada,
piden cosas prestadas todo el tiempo, desde lapiceras y comida, hasta tu auto, casa y a veces a tu marido y/o esposa sin carta de pre aviso,
no se arman su propio bunker, sino que deambulan acomodándose en historias prestadas como los zánganos insectos que son...
Te tengo una noticia, estamos rodeados.
Así que, si tenés donde, corré a refugiarte, que seguramente esta manga de langostas sueltas ya deben estar planificando cómo complicarte la vida.

La Caja de Pizza


Me resulta inevitable: cuando doblo las cajas de pizza, me acuerdo de vos, Fidelito. No entiendo, y nunca entenderé cómo fue que no me quedó nada de nuestra escueta y marginal relación.
Es por eso que, revisando los archivos de la memoria, puse todo mi empeño en rescatar un recuerdo bueno. Un recuerdo útil, al menos amable, benevolente, de todos esos días que me despertaba en el lugar más extraño del mundo: tu casa. Porque una casa, es, yo lo sé más que nadie, el reflejo de la gente. Uno puede mentir con la letra, incluso uno hasta le puede mentir al cura, y al psiquiatra. Porque las casas no mienten. Y la tuya siempre me resultó, querido Fidel, un lugar cuanto menos, equivocado. Nadie se imaginaría, al entrar en ella que quien vive allí es un hombre solo, tu casa es una casa de mujer. Es que no te puedo engañar: alguien que cuida plantas y coloca un jarrón amarillo sobre una pared bordeaux es más parecido a una mujer que yo misma.
Sin embargo, tu casa es también el lugar más frío que conozco. Una casa sin sillas no invita a nadie, cordialmente, a quedarse. Me acuerdo perfectamente del día que entré y no había dónde sentarse. Me dijiste “Vendí las sillas porque no me gustaban”. Lo raro es que vendiste todas las sillas, no dejaste ni siquiera una para colgar la cartera, o facilitarle a una tía de 80 años reumática y con bastón.
Pero de todas maneras, seguí revolviendo entre tantas situaciones impagables, y racionalmente no pude evocar ninguna circunstancia edificante.
Porque vos, Fidelito, sacabas lo peor de mi. Hacías foco en mis debilidades, iluminabas siempre la parte que me faltaba, lo que había quedado desprolijo, inconcluso, lo que tenía alguna hilacha, la comida siempre sin gracia, los regalos siempre equivocados, los momentos siempre errados, las oportunidades siempre inoportunas.
La verdad, Fidel, mis recuerdos de vos son una mierda
Sin embargo, ayer, frente a una enorme caja de pizza vacía, en la que bailaban una docena de carozos de aceitunas perdidas, se me vino a la cabeza el único aprendizaje que me quedó de tu frialdad calculada: me enseñaste a doblar las cajas de cartón para que entraran en la basura, sin tener que presionarla tanto hasta romper la bolsa, ni ocupar dos envoltorios para deshacerse de ella.
He aquí la receta: el paso 1 consiste, por supuesto, en pedir una pizza por teléfono.
La operación puede complicarse si en el preciso momento del pedido, al Tomba se le ocurre pasar a primera, más si es un sábado a la noche, y tu casa queda en un barrio cercano al Feliciano Gambarte.
¿Porque no habrás sido hincha del Tomba, Fidelito?. Siempre lo pensé. Al menos habría culpado de tan estrepitoso final a que te estabas dedicando a una segunda relación, como la que todos los hombres bien nacidos tienen con el club de sus amores.
Pero no. Si hasta te quedaba cerca de casa y no fuiste capaz de curiosear el fenómeno ni siquiera para polemizar sobre los barrabravas con la selecta elite de intelectuales de la que formabas parte.
Nunca entendí esa filosofía de vida que te hacía más parecido al jugador de golf que sos que a una persona normal, que a un hombre como cualquier otro, que arma equipos imaginarios para participar con sus amigotes en el Gran DT, o se golpea la cabeza cuando su equipo no gana.
Pero retomando la receta de cómo doblar la caja de pizza, el
paso 2 consiste en que el chico del delivery llegue. Si resulta que el mensajero alimenticio es fanático de El Expreso y este se encuentra en el momento culminante del partido, la situación se pondrá un poco más violenta. Todo porque el hambre, la espera y la poca comprensión del fenómeno futbolístico y mucho mas por la inmensa lejanía tuya hacia cualquier sentimiento de pasión desbordada, llamése amor romántico o fanatismo deportivo, sumado a una heladera vacía, provocan que el ambiente se ponga espeso.
Yo sé, nunca podrías ponerte comprensivo frente a una demora provocada por un delivery a quien le importa más no perderse un gol del Tomba que llegar a tu casa antes de provocar tu furia por su tardanza. En su mundo de trabajador errante vos y tu pulcritud no son más que una mancha blanca en el barro de su motito repartidora. Mientras él no es más que un mamífero mal educado para vos.
En el hipotético caso que el repartidor se decidiera a arrancar la moto en algún momento, y llegara finalmente a tu casa con la pizza, pasaríamos al paso 3. La cena.
Este momento podría resumirse en devorar la pizza, degustar el vino y finalizar la velada. Pero puede extenderse un poco más la explicación, aunque después de la comida y la bebida ya no hay mucho que explicar. A quien se le ocurre, sino a mi, relacionarse con alguien que come la pizza con cuchillo y tenedor.
De todas formas, con cubiertos o sin ellos, a la hora de la digestión, uno ya comienza a pensar qué hacer con esa enorme y vacía incomodidad. No hablo sólo de la caja, claro está, sino de la vacuidad de nuestra siniestra relación. Dos idiotas tratando de parecer normales, cuando ninguno de los dos quisiera estar allí, conteniendo la respiración. Yo, con ganas de tirarte la caja por la cabeza, decirte lo infeliz que era por haberme convertido en esa especie de novia no declarada que odiaba ser y vos con lisos y llanos deseos de que eso que pasaba entre nosotros (digo eso, porque en verdad siempre fue inclasificable) nunca hubiese sucedido.
Sin embargo, ninguno de los dos decía nada. Ambos soportábamos el sopor del silencio chorreando por las paredes bordeaux y de fondo, la hinchada de El Tomba coreando una canción de cancha irreproducible para nuestros oídos poco acostumbrados a ese tipo de sonido.
Volvamos a la caja, único vestigio de nuestra relación forzada. E intentemos reconstruir su desaparición.
El tema de cómo destruirla, es directamente proporcional a las mentiras que somos capaces de decir. En este caso, de las mentiras que los hombres son capaces de inventar.
En general, los hombres que no mienten mucho, no se plantean demasiado qué hacer con la caja, porque lo importante, lo que había en ella, ya se esfumó. Nunca piensan en que necesitarán una bolsa más grande para arrojarla en la basura, ni se preguntan por qué no haber hecho otro pedido, alguno que no implicara incómodos envases de los que hay que deshacerse.
Sin embargo, los golfistas como vos necesitan tener calculado en qué utilizarán cada centímetro cúbico de su energía. Medir las reacciones. Pensar exactamente para qué harán tal o cuál movimiento.
Al mismo tiempo, necesitan instrucciones de vuelo para saber cómo pilotear los momentos previos y los posteriores a la cama con una chica que de la que no están enamorados. Los hombres comunes a veces se bañan, le abren la puerta, tienen sexo, quizás le preguntan el nombre y ella después se va. Y ellos encienden el televisor y se dedican a mirar el partido. De la chica, ni noticias hasta la próxima cama.
Pero vos, vos como todos los que para tirar una caja de pizza primero la empapan debajo de una canilla y después la apelmazan hasta convertirla en un bollito insignificante de cartón arrugado, vos necesitabas envolverme a mi también. Darme argumentos, dejarme que me acercara para después borrarme, buscar que ocupara un lugar en tu vida, pero cuando te resultaba incómoda llevarme a un remate, tal y como sucedía con todas las cosas que te molestaban y lo digo literalmente. Todo lo que en tu casa ocupaba demasiado espacio, terminaba formando parte de los objetos a rematar en Venturino. Inclusive los palos de golf y la guitarra. Todo.
Pero yo me di cuenta a tiempo. Me di cuenta que vos y tu manera de doblar la caja,
Que vos y tu frialdad deportiva,
Que vos y tus cálculos absolutos,
Que vos y tu crueldad mecanizada,
Que vos y tus absurdos movimientos de golfista siniestro,
Que vos, Fidelito, eras un tremendo hijo de puta.
Pero te agradezco el aprendizaje, porque de todas las cosas que me enseñaron las personas tóxicas que conocí en mi vida, vos aportaste la más útil de todas las que aplico a diario en mi doméstica vida.
Por eso, cada vez que humedezco una caja para doblarla y tirarla al tachito de los desperdicios, me acuerdo mucho de vos, Fidelito. Y te mando mis bendiciones.

viernes, 25 de julio de 2008

Monstruos Cotidianos


En la vida es fácil encontrarse con estos seres monstruosos. No son tan exclusivos de los cuentos de terror. Andan regados por todos lados, crecen como la chipica, o como esos tréboles molestos entre las plantas. No es que lo inventó el autor de Hannibal Lecter y se ganó un premio por la originalidad.
Y por informales y domésticos, se vuelven tanto más peligrosos. Pueden estar dentro de tu familia, manejando un colectivo o dando una misa. Hasta detrás de un disfraz de muñeco de esos patéticos que obligan a los padres a comprarle un globo a un niño en una esquina.
Pueden venir en formato de jefe acosador, cura inmoral o marido golpeador. Todo el mundo puede cruzarse con uno de ellos y en verdad, no es fácil darse cuenta que están ahí, lo más probable es que uno sea engañado por su presencia, y cuando ya nos hemos puesto sobre aviso, sea demasiado tarde, y el infecto ser ya nos haya dejado clavado el aguijón de alguna forma.
Por eso, creo que una buena campaña en defensa de todas las personas que se los pueden encontrar en la otra esquina, sería desenmascararlos. Un escrache público, al estilo de los que se les hacen a los represores, no sería mala idea, pero no es tan fácil de llevar adelante.
Sin embargo, una campaña de desprestigio boca a boca, es una solución posible y no cuesta nada. Es más: a quien no le gusta contar lo que escuchó por ahí de tal o cual persona. Tanto más hay que hacerlo si el individuo se lo merece.
Una excelente idea que no es mía, sino de una amiga mala y creativa, es hacerlo acompañar al sujeto/a por un delivery del escrache, alguien que lo siga con un megáfono al supermercado, al video club, a la escuela de sus hijos y a su trabajo contándole a toda la sociedad lo que fue capaz de hacer el adefesio mal formado que la juega de sociable y paga los impuestos.
Ya que no hay un tribunal para juzgar a los mentirosos/as sentimentales, a los especuladores afectivos, a los engañadores/as, violentos y violentas, a los que se escudan detrás de su normalidad, a los instigadores/as al suicido psicológico, a los demoledores/as de autoestimas ajenas, PUES AFECTADO O AFECTADA: LA CONDENA SOCIAL ES EL CAMINO MÁS FÁCIL; ABRACÉMOSLO!
Y si no tenemos como bancar un escrachador al paso, hagámoslo artesanalmente: que cada persona que conocemos, se entere de la verdad. Aquel que parece a un buen vecino o vecina, es en realidad un psicópata de maceta. Que al menos se haga cargo de su propia muerte cívica.

martes, 22 de abril de 2008

El peligroso encanto de un anti-hincha


Este es un cuentito como para que caigas en la cuenta de que no todo lo que brilla es oro......(cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia, por supuesto, como todo en este blog)

Corría el año 2006 y las casas de electrodomésticos no daban abasto para responder a la venta de televisores de pantalla plana y otros adminículos electrónicos para que los muchachos disfrutaran a pleno del mundial de Alemania.

Desde allí, apoltronados en sus sillones y con el control remoto incrustado en la mano, los señores de la casa no existían más que para abrazar sus camisetas, llorar sobre la pantalla – de alegría o tristeza, intermitentemente – y nada en el mundo parecía ser visible, más allá de lo que sucedía en la cancha, siendo incluso capaces de ignorar a Angelina Jolie desnuda y saludándolos por la ventana.

Estos son los momentos propicios para que muchas chicas confundidas, cometan las peores equivocaciones de sus vidas.

No es por justificar, pero sintiéndose ignoradas y poco tenidas en cuenta, se lanzan a las calles, copan los shopping o se internan en bares hasta que la tormenta futbolística termine y puedan volver a tomar posesión del hogar, hasta el momento copado por una horda de hombres embravecidos y mentalmente impedidos de reaccionar por otra cosa que no tenga forma de esfera.

En este paraíso futbolístico para algunos, cadalso deportivo para otras, mi amiga Ana se enamoró de un tal Santiago. Un mal bicho si los hay, un mentiroso de la primera hora, un vendehumo inescrupuloso, pero con una virtud difícil de dejar pasar por alto: Santiago odiaba el fútbol.

Ana, una chica del montón y acostumbrada a una existencia a medias, en pareja desde hacía años con un muchacho básico cuatro puertas, más bien tirando a Homero Simpson que a Rolling Stone. Amante empedernido del balón. El señor en cuestión, (resguardaremos su nombre por obvios motivos de conservar su reputación en el café) parecía revivir cada cuatro años: sólo cuando en el fútbol se juega un mundial. Durante el mes del gran torneo, caía más que nunca en una especie de ensoñación o trance. Una barrera difícil de superar hasta para Jolie como la parió Dios, ya lo dijimos.

La chica, un poco hastiada de tanto tiempo de descuento y definición por penales, se apartaba del televisor, en busca de mejores horizontes.

Hasta que un día lo vio. Sentado en la esquina de un bar, leyendo descaradamente un ejemplar de “El poder de la palabra”, un sábado a la tarde, mientras la ciudad hervía frente al televisor, viendo a Argentina ganarle a México.
Los ojos de ella se clavaron en el él, en el libro, en él otra vez y después en el libro. Le llamó la atención que al sujeto no pareciera interesarle nada más en el mundo que lo que se encontraba encerrado entre las tapas y el lomo de aquel ejemplar.

Tanta observación repercutió en el sujeto, privado de todo encanto físico él, pero con una actitud más que inquietante, al menos en este contexto monocromático.


Ana tardó aproximadamente diez minutos en hilvanar una frase para explicarle a Santiago qué hacía mirándolo sin ninguna vergüenza social, y menos de tres o cuatro segundos en enamorarse, en el living de su casa, mientras él se mostraba serenamente astenio al vicio futbolístico.

Parecerá quizás una frivolidad extrema, pero estas cualidades, señores, a las chicas muchas veces nos enamoran. Sin preámbulos ni evaluaciones, siendo poseedores de la virtud de ser indiferente ante la causa de nuestras desventuras, creemos que el susodicho del que nos acabamos de prendar, es una especie de reencarnación de Buda, Einstein y Leonardo Da Vinci, todos juntos y al unísono en un solo ser.

La historia fue bien corta. El idilio duró menos que Argentina en carrera por ganar la copa. Pero más corto aún fue el tiempo que el tal Santiago se tardó en comenzar a demostrar todas sus demás cualidades, no sólo la de la aversión a la pelota.

Porque, queridas mías, convengamos: un hombre al que no le gusta el fútbol, prolijo, solitario y buen amante, que elige un idilio de autor mientras Argentina se juega la clasificación a la próxima ronda, es al menos un psicópata en ciernes.

Pero lamentablemente, cuando una está enceguecida por el espécimen que tiene enfrente, no hila tan fino. Y cuando te querés acordar, estás en la puerta del horno, lista para la cocción, adobaba y con papas y todo.


En otras palabras, el mundial pasó, el planeta volvió a girar sobre su eje, el marido de Ana se restableció de su convulsión deportiva, se despegó del sillón y devolvió el control remoto al uso familiar. Pero la vida había cambiado a su alrededor. Sin saberlo, de pronto ya no eran dos, eran tres. En verdad dos y medio: porque de pronto, y sin dar mucha explicación, el adverso al fútbol desapareció.
Se esfumó como la copa del mundo para Messi y Teves.

El celular de Ana dejó de sonar a cualquier hora del día, y ella abandonó el hábito de salir de casa sin hacer ruido en mitad del partido. De pronto mi amiga había perdido un marido y extraviado un amante, casi al mismo tiempo y sin mucha posibilidad de procesarlo.

Nada más una cosa tuvo clara, desde ese día en adelante. Algo que aprendió como regla, mandamiento, ley imposible de quebrantar: apoltronados en sus sillas, delante del televisor antes de que empiece el partido, abigarrados de cerveza y con un botón de la camisa abierto porque la prenda cedió ante la imposición de una panza prominente, los hombres pierden el 45% de su atractivo. Sin embargo, mejor emprender la retirada frente al que te dice, desde su más íntegra masculinidad, “Ah, no sé contra quién juega Argentina, no miro fútbol”. Huyamos hacia la derecha, Hannibal viene marchando.