lunes, 6 de junio de 2011

El periodismo que me parió


Yo no nací una vez. Esa vez de mediados de los 70’ cuando el país estaba pre convulsionando. Cuando había un dolor en ciernes fustigando a los vivos con el aliento helado de los muertos.
Yo no nací sólo esa vez, ese mediodía de febrero, irrumpiendo entre hermanos mayores con la decisión de los recién llegados.
Yo nací también cuando me hice periodista. Y digo así “me hice” porque el periodismo es eso. Es como hacer pan, como arreglar zapatos, como fabricar collares, como cincelar un bloque de mármol.
El periodismo es la calle, los desvelos de las redacciones, los a último momento, las esperas inciertas, las pilas agotadas, las notas al margen, los off the record, las discusiones de café, las segundas versiones de las primeras palabras.
Yo nací del periodismo también. Y aprendí a odiarlo y a quererlo, como un pariente ingrato, como un amor efímero, como a un amigo ausente.
Aprendí a amarlo cuando fue capaz de darme algo nuevo cada día de mi vida, desde hace 6 años. Cuando me mostró el dolor, la lucha, el cansancio, el hastío, la mentira, la alegría de la gente.
Lo amé cuando me enseñó que la realidad, lo que nosotros llamamos realidad (la vida) tiene un pulso. Se lo aprendí a tomar. Y también tiene una cadencia. Se la aprendí a escuchar.
Lo amé en la gente de la que aprendí.
Lo amé cuando entendí que era útil para mostrar la mentira, cuando supe que se podía desenmascarar al culpable.
Lo odié cuando me di cuenta que muchas veces, se vendía al mejor postor.
Lo odié cuando descubrí que tenía un precio, un código de barras que podría pasar por cualquier caja del supermercado.
Lo odié cuando me engañó.
Cuando me demostró que se acostaba con cualquiera.
Cuando lo vi desde afuera, desde los ojos de los que se iban porque él mismo no tenía argumentos para retenerlos.
Sí, también lo odié.
Ahora, lo acepto. Sé que se prostituye, que se agranda, que se agita sin motivo, sé que muchas veces no tiene cómo explicar por qué hace lo que hace y no va al frente cuando esperamos que de la cara y por qué se deja invocar en vano, desde tantas lenguas muertas y bocas sucias.
Lo acepto porque el periodismo también me parió.
Y con su nómina de impresentables,
Y con su condición desalmada,
Y con su tristeza de edición del domingo desechada,
Y con su melancolía de cronista solitario,
Lo acepto. Dejo que vuelva a echar luz en mi existencia.
Que fecunde mis papeles y me obligue a abrir un diccionario, a buscar sinónimos, a comprender que las personas necesitan una voz y unas palabras cuando no las tienen, y para eso, y por eso, toda la ingratitud por la que renegué de pertenecer a sus selectos círculos de intelectuales abandonados por la suerte, a medio camino entre escritores ignotos y escribas de pacotilla, se convirtió hoy en agradecimiento.
Por haberme parido y por no hacerlo en vano.
Feliz día del periodista.