jueves, 27 de enero de 2011

Reflexiones en torno a las personas que demoran las colas del cajero.


Estoy preocupada: no tengo más paciencia. En la lista de cosas que me hacen exasperar a diario, que son muchas, nada saca tanto lo peor de mi como ir a extraer dinero de un cajero automático y encontrarme con esos especímenes que nunca pueden faltar. Es una fauna parasitaria, que crece en torno y alrededor de las máquinas expendedoras de dinero y por más que una intente esquivarlos, es inútil: siempre están allí, al acecho. Escondidos detrás de un árbol o de un tachito de residuos, amalgamados con el paisaje. Se descubren en el momento preciso en el que uno cree que está llegando el momento de introducir la tarjeta, sacar la guita y mandarse a mudar de allí. He aquí una nómina de los virus que atacan los cajeros, al menos para intentar ponerse al resguardo de ellos. Aunque, les advierto: son una epidemia, como el cólera, la gripe A, o la fiebre Tifoidea lo fueron en su momento. Por lo tanto, vayan, concurran con alcohol en gel, barbijo, antiparras, dos frazadas, un lisoform y un bidón de repelente de insectos antes de entrar, igual los van a atacar. Están para eso, He llegado a pensar que son empleados de multinacionales encubiertos a los que les pagan para que los demás desistan y dejen el dinero en el banco para siempre.

La señora que mete y saca la tarjeta incesantemente: La saca y la vuelve a meter en el cajero, diez, quince veces, presiona claves equivocadas, el cajero le traga la tarjeta, Corre a pedir ayuda en el interior del banco, busca a la pobre víctima a la que se le paga por la innoble tarea de "auxiliar" a este tipo de clientas, viene el encargado, trae las llaves, saca la tarjeta que el cajero se tragó, mientras los demás nos derretimos bajo la luz del sol de enero. A esta señora le deseo:
-que nunca pueda sacar su dinero de la cuenta.
-que por casualidad, haya accionado la clave de un estafador bancario y se la lleven detenida durante tres meses a una cárcel de máxima seguridad
-que la próxima vez, se olvide la tarjeta puesta y el que viene detrás se vaya de vacaciones a Cancún con todos sus fondos

El idiota que "hace tiempo" adentro del cajero, sólo por disfrutar el placer de ver como se achicharran todos los que están afuera. A ese sádico de cabotaje le deseo:
-que se quede encerrado adentro de la cabina hermética durante un fin de semana largo y que nadie se percate de su ausencia.
-que algún empleado bancario gracioso difunda el video de seguridad por youtube mientras él se mofa como un verdadero idiota de los que hacen cola detrás suyo.
-que de tan gracioso, se olvide de retirar su tarjeta justo el día antes de irse de vacaciones
-y de yapa, diez cólicos renales ininterrumpidos, si es posible, en medio de la calle.

los que se saludan adentro del cajero. Siempre he soñado con sacudir de las solapas del traje o revolearle la cartera por la cabeza a las personas que toman el cajero. Literalmente, lo toman. Hasta se podrían poner a escribir un cuento, o limarse las uñas adentro. Se encuentran con gente, hablan, se ponen al día con distintas anécdotas, se besan, acuerdan una juntada. Creo quen no tienen casa, que en realidad viven de cajero en cajero, y que se bañan en la fuente de una plaza cuando nadie los ve. No entiendo por qué no eligen un café, una vereda desocupada, los asientos de un parque, o los refugios de la parada del colectivo para ponerse a charlar. Pero por qué el cajero, por qué?????????? ir al cajero es un trámite, nada más que eso, no puedo entender por qué le toman tanto amor a esa cabina pública. Hay gente que podría pasar las vacaciones adentro y estoy segura de que serían inmensamente felices.

los que salen y no avisan que el aparato no funciona o no tiene dinero. Yo no me caracterizo por la simpatía urbana precisamente, pero es una cuestión de educación, mínima, ínfima tal vez. Qué clase de mal nacido es aquel que, viendo una cola interminable esperando, no abre su bocota y le da esa información que a las víctimas que están afuera les hace falta. "E-L C-A-J-E-R-O N-O F-U-N-C-I-O-N-A" no es tan difícil, ni los que esperan le pedirán casamiento ni que le salga de garante para pedir un préstamo con esta pequeña muestra de humanidad. Avisar que el maldito cajero se quedó sin billetes, señor y señora clientes, los hará mejores personas, se los puedo asegurar.

Los que llevan a jugar a los niños. Nunca faltan los adultos culposos a los que sus niños les reclaman atención a diario. Un día fortuito (y terrible para nosotros) se levantan con ganas de cambiar esta realidad y le dicen al crío "¿me acompañás al banco?". Esa frase es el comienzo del apocalipsis para nosotros. Porque casi siempre sucede: la única gracia que encuentran los niños en ese lugar inhóspito y extremádamente aburrido que es un banco, es accionar los botones del cajero. No dudo que la experiencia puede ser divertida cuando se tienen menos de seis años, pero yo probaría con hacer una colecta entre los clientes que esperan para usar la máquina. No creo que alguno no esté dispuesto a donar cinco pesos de su bolsillo y pagar a esos pobres niños aburridos una hora de play station y hasta cinco días de pase libre en algún parque de diversiones con tal de no demorar esa insufrible cola, o descomponer los vapuleados aparatos, lo que inexorablemente, termina por suceder. De todas maneras, debería estar incluido en el Código de Faltas y penado con cinco días de prisión efectiva para el padre o madre que lleve a sus hijos a jugar al cajero. Cuánta mezquindad filial sin condena.

Si, reconozco que mi intolerancia está rozando límites insospechados, pero no puedo seguir mintiéndole a la sociedad: si me ven haciendo cola en un cajero, y algo de esto sucede adelante mío, no respondo de mi. Citaré las sabias palabras de la filósofa contemporánea Fabiana Cantilo, con el fin de advertirles que se alejen de mi... "Tengo un revólver en el bolso y lo pienso usar".